La Oficina de Comunicaciones y Eventos de la EII entrevistó al estudiante del Programa Académico de Ingeniería Industrial, Camilo Barato, para conocer su experiencia de movilidad en Alemania.

OCYE: ¿Cuando entraste a la Universidad, salir de intercambio estaba en tus planes?
CB: ingresé en la Universidad del Valle en 2019-2 y fui a la bienvenida de Ingeniería y allí presentaron un video corto sobre el programa de intercambio. Mostraba a exbecarios de Sistemas y Eléctrica que habían ido a Alemania por un semestre de intercambio y otro de prácticas. Fui con mi mamá, y al verlo, ambos pensamos: “¿Y si intentamos eso algún día?”. Aunque al entrar a Univalle no tenía grandes expectativas, ese momento me dejó con la inquietud. No tenía información clara sobre la beca ni los requisitos, y como estábamos en pandemia, todo era virtual y era difícil saber a quién preguntar. Sin embargo, con algunos compañeros nos mantuvimos atentos a los canales de comunicación de la universidad. Fue hasta cuarto semestre que llegó un correo de la facultad anunciando un curso de alemán. Diez aplicamos, solo dos fuimos seleccionados, y ahí empezó todo realmente. Al comienzo no tenía claro el destino, solo la idea vaga de hacer un intercambio. Alemania me sonaba bien: idioma difícil, autos reconocidos, cultura organizada… parecía un buen lugar. Después de vivir esa experiencia, ya me interesan otros destinos, en Asia o Estados Unidos hasta Europa o Latinoamérica. Pero todo empezó con ese video en la bienvenida, que sembró la idea de intentarlo algún día.
OCYE: ¿Cómo es el proceso para concursar a la beca Kospie?
CB:La verdad son dos fases: primero debes aprender el idioma, hay un curso de alemán financiado por la universidad al 100% , dictado a comienzos de año, para que en el siguiente año obtengas el nivel B1 requerido y después, también a comienzos de año, se aplica a la beca Kospie y hay que demostrar un buen nivel de inglés y alemán, tener un buen promedio y cumplir con otros requisitos que varían de convocatoria en convocatoria. A pesar de que ambas fases son de Kospie y financiadas por la U, no están tan ligadas porque puedes aprender alemán y no necesariamente tienes que aplicar a la beca.
OCYE: ¿En qué semestre hiciste el intercambio?
CB: Cuando yo me fui, yo había terminado séptimo semestre o sexto, el programa estaba justo en un momento de transición por el cambio de malla curricular, con ese cambio tuvimos una mezcla de materias antiguas, nuevas y estábamos nivelándonos en los semestres, primero, segundo, hasta quinto, entonces cuando estábamos viendo ya asignaturas de séptimo semestre, estábamos también viendo de sexto y de quinto, entonces, digámoslo así, que séptimo en la realidad, pero todavía en materias, una mezcla de sexto y séptimo.

OCYE: ¿En qué universidad estuviste y cómo describes el enfoque de esa universidad en la ingeniería industrial?
CB: La universidad en Reutlingen, oficialmente llamada Hochschule Reutlingen (Escuela Superior de Reutlingen), es una institución de educación superior aplicada, conocida en inglés como University of Applied Sciences. Estas universidades se enfocan en áreas prácticas como administración, ciencias aplicadas, mecánica, entre otras, y exigen realizar una práctica profesional y un trabajo de grado para graduarse, a diferencia de las universidades tradicionales, donde esto no siempre es obligatorio. Además, en Reutlingen era necesario cursar al menos un semestre de intercambio en otro país, dentro o fuera de la Unión Europea; en algunos casos, el intercambio era financiado. El programa equivalente a ingeniería industrial en esta universidad se llama algo así como “ingeniería económica”, pero se traduce al inglés como Industrial Engineering. Comparte bases comunes como matemáticas, física, mecánica y electricidad, y luego se enfoca en procesos, finanzas y logística. Sin embargo, noté algunas diferencias con el programa en la Universidad del Valle. Por ejemplo, allá no se ven asignaturas como modelación matemática, optimización o simulación dinámica en el pregrado, solo en maestrías o como electivas profesionales. En cambio, nosotros vemos varias materias de ese tipo.
Una ventaja notable del programa en Reutlingen es el uso de sistemas ERP, como SAP, ampliamente utilizados en Alemania para la gestión empresarial (ventas, logística, administración). Tienen hasta tres asignaturas dedicadas a estos sistemas, mientras que en Univalle, hasta donde sé, no se incluyen en el currículo. En términos generales, muchas asignaturas que vi allá —como logística, finanzas y marketing— ya las había aprendido en Univalle. Estimo que conocía cerca del 70% del contenido, lo que me permite afirmar que la formación en la Universidad del Valle está a la altura de otras instituciones internacionales.

OCYE: ¿Consideras que este intercambio si fue provechoso para tu proceso de aprendizaje?
CB: Si no hubiera hecho el intercambio, creo que igual habría estado satisfecho con mi formación en Univalle. Muchas de las asignaturas que vi en Alemania ya las había cursado en Colombia, así que fue como un repaso con enfoques nuevos desde una perspectiva alemana. La mayor diferencia fue la barrera del idioma, ya que el contenido académico era bastante similar. En Alemania, cursé varias materias que funcionaban como electivas profesionales, más orientadas a los intereses individuales. Por ejemplo, tomé un curso avanzado de programación y machine learning, donde aprendí Python, SQL y algo de Excel, aplicados directamente en un proyecto. Fue totalmente nuevo y exigente, pero lo asumí más por interés personal, como decía un compañero: “por amor al arte”.. También cursé asignaturas en alemán, como macroeconomía, lo que fue un reto al principio porque solo éramos tres estudiantes. Sin embargo, el profesor adaptó bien el vocabulario al nivel de estudiantes internacionales, y logré llevar el curso sin problemas. Aunque no lo pude homologar, fue una experiencia valiosa. Además, me permitió ver la economía desde una perspectiva distinta, entendiendo mejor cómo funciona el sistema alemán, con altos impuestos y fuertes ayudas estatales. Fue interesante contrastarlo con lo que vimos en Univalle en cursos básicos de macroeconomía.
OCYE: ¿Qué crees que fue o quiénes crees tú que fueron las personas que más te inspiraron a ir a este intercambio dentro de la escuela?
CB: Dentro de la escuela, se incluyen estudiantes, profesores, y ex becarios que sabía que existían pero no estaban en Colombia, supe de la existencia de Adrián Mejía, al principio de mi proceso me lo mencionaron pero sólo pude ponerme en contacto cuando regresó a Colombia. Adrián me explicó todo el proceso con claridad y entusiasmo y puedo decir que fue mi primera inspiración directa: un modelo a seguir, alguien a quien escuchar. En cuanto a profesores, la mayoría conocía el proceso y me apoyaban, pero destaco a tres en particular. El profesor Juan José Bravo siempre estuvo pendiente: me preguntaba cómo iba el curso, la aplicación, y hasta ayudó a una compañera que estaba en duda sobre si sería aceptada o no, brindándole ánimo hasta que finalmente fue admitida.
También el profesor Carlos Julio Vidal fue clave: al final de clase hablábamos del intercambio, me recomendaba universidades, lugares para visitar y me daba orientación sobre Alemania. Y finalmente, el profesor Juan Pablo Orejuela, quien me ofreció consejos más personales. Me animó a no limitarme al estudio, a vivir la experiencia completa: hacer amigos, viajar, explorar. Me recomendó páginas para moverse por Europa en bus, tren o avión, y me insistió en que debía aprovechar la oportunidad para conocer el mundo. Estos tres profesores, junto con Adrián, fueron fundamentales en mi proceso, no solo por su orientación académica, sino también por su apoyo humano y motivacional.

OCYE:¿Y cuáles o cuál crees que fueron las herramientas más importantes o que más te sirvieron al momento de realizar tu intercambio, tanto dentro de la escuela como en la universidad en general?
CB: Los profesores me dieron algunos consejos generales sobre el estilo de aprendizaje europeo. Me advirtieron, por ejemplo, que allá muchas materias se califican con un solo examen final, sin posibilidad de habilitar. A diferencia de Colombia, donde hay parciales, quices u opciones de recuperación, en Alemania si fallas el examen debes repetirlo en el siguiente semestre. Ese tipo de advertencias fueron útiles. En cuanto a herramientas académicas, las que aprendí en Univalle no las usé mucho allá, ya que en Alemania utilizan otras, muchas con licencias que yo no tenía. Solo pude emplear herramientas de uso libre como Excel, SQL y Python.
OCYE: ¿Cómo fue el choque cultural de llegar allá y el choque cultural al regresar a Colombia?
CB: Al principio fui con muchas expectativas porque era mi primera vez en el extranjero. Nunca había salido de Colombia, siempre viví con mi familia, así que lanzarme a vivir solo en otro país, con otro idioma y en otro continente, fue un gran paso. Mi mamá y mi abuela confiaban en que me iba a desenvolver bien, pero por dentro yo estaba lleno de dudas. Nunca había vivido solo, y ahora tenía que encargarme de todo: trámites, papeles, responsabilidades, todo en otro idioma. Aunque había estudiado alemán hasta nivel B1, no fue suficiente para entender toda la burocracia, que en Alemania es realmente excesiva. Cada cosa requiere un proceso, un documento, y todo es muy lento.
Al llegar, me encontré con un país de primer mundo, seguro y organizado, pero también con muchas diferencias. El idioma fue el primer gran choque. Sentía que no entendía nada: el alemán que hablaban no era el que aprendí. Me sentí incompetente. Además, la gente era distante. En Alemania, las personas no se fijan en lo que haces, no les importa si alguien hace cosas raras en la calle. Allá son muy individualistas; hacer amigos es difícil. Si quieres conectar con alguien, tienes que meterte a un club o grupo. Pero si logras que un alemán te llame “amigo”, es algo genuino y duradero. Otra diferencia fue el transporte: nunca había montado en tren y allá era feliz haciéndolo, aunque también me llegué a perder. Las normas también son estrictas: después de las 10 p. m. no se puede hacer ruido. Cinco veces nos llegó la policía por fiestas con música. Por suerte, eran comprensivos cuando explicábamos que no éramos de allá. El ambiente laboral fue otro contraste. Allá se trabaja con horarios flexibles, pero son muy exigentes. Te confían mucho, incluso si eres practicante puedes hablar con el jefe o el CEO. La jerarquía es muy horizontal, pero también hay mucha presión. A veces terminaba mentalmente agotado de pensar y hablar todo el día en otro idioma.
Volver a Colombia no fue un gran choque; aquí sentí una especie de estancamiento. Ahora tengo mucha nostalgia. Me acostumbré al orden, a la seguridad, a la calma. En Colombia todo es más ruidoso, caótico. Me incomodó volver a escuchar tanto ruido, tanta música fuerte, tanta gente hablando duro. Escuchar español otra vez fue raro, pero también reconfortante: volver a entender todo, escuchar las jergas y expresiones de siempre, fue como regresar a un lugar familiar. Extraño la libertad que tenía allá para viajar, explorar y conocer. En Colombia no es tan fácil: no hay trenes, los vuelos son caros, hay inseguridad. Allá viajaba casi cada fin de semana. Es como si tuviera dos versiones de mí mismo: una que era libre y exploradora en Alemania, y otra más limitada aquí. Es difícil de explicar, pero ese contraste es muy fuerte.
En las grandes ciudades alemanas —Berlín, Múnich, Hamburgo— hay latinos por todas partes porque la mayoría de inmigrantes prefiere destinos famosos. En cambio, en Reutlingen, un pueblo a dos horas de Stuttgart, casi no encontré latinoamericanos. Stuttgart, conocida por Porsche y Mercedes, es rica pero algo apagada y poco atractiva para nuevos migrantes; en Reutlingen, aún menos. Los pocos hispanohablantes que conocí eran sobre todo españoles, y aunque compartimos idioma, las diferencias culturales son notorias: ellos hablan de tapas, paella y pan con tomate, y muchos eran catalanes fanáticos del Barça.
Conseguir productos latinoamericanos fue todo un reto. Para comprar plátano maduro tenía que ir a tiendas asiáticas, y pese a que Alemania presume de miles de tipos de papa, ninguna se parece a la papa pastusa o la papa roja colombianas; además, cada variedad requiere tiempos y técnicas de cocción distintas. Aprenderlo todo, y en otro idioma, era agotador. Extrañaba mucho los sabores de casa. Una vez hallé una tienda latina y fue un alivio ver productos como Saltín Noel, Pony Malta y Postobón; sentir un pedacito de Colombia allá marcaba la diferencia.
Otro gran choque fue con la educación. Yo tenía la idea de que las universidades europeas eran mucho más avanzadas que las nuestras, con tecnología de punta y un nivel académico superior. Pensaba que no iba a entender nada y que todo iba a estar a otro nivel. Pero me encontré con una realidad distinta. El contenido de las clases era bastante básico, y muchas cosas ya las había visto en Univalle. Incluso en cursos de programación no tuve dificultades, porque ya habíamos abordado estos temas en Colombia. Me di cuenta de que la educación europea está sobrevalorada. La única barrera real es el idioma, pero en cuanto al contenido, sentí que en Univalle aprendía más y se exigía más. En ese sentido, llegué a pensar que si Univalle se instalara en Europa, podría ser una universidad de gran nivel. No es que no haya aprendido nada en Alemania, pero fue más un aprendizaje complementario. Definitivamente no cumplió con las expectativas académicas que tenía. Al final, todo esto fue un gran golpe de realidad. Descubrí cosas buenas y otras no tanto. Viví situaciones que me hicieron crecer, pero también me enfrenté a realidades duras. Estar allá durante año y medio me permitió ver al mundo con otros ojos y valorar muchas cosas de mi país que antes daba por sentadas.

OCYE: Entonces, el Camilo que regresó, es una persona distinta?
CB: Vivir solo en Alemania me enfrentó, de golpe, a la vida adulta. Lo más duro fue la burocracia: conseguir citas en el ayuntamiento, entender requisitos sin ayuda de mis padres y tramitar una prórroga de visa, un nuevo contrato de medio tiempo y la aprobación de la universidad para quedarme un mes más. Cada gestión era lenta, confusa y debía resolverla solo. El día a día tampoco era sencillo. Con el dinero justo, tuve que aprender a administrar, hacer mercado y cocinar para que nada se dañara. Cambié de vivienda cuatro veces: en cada traslado había chequeos estrictos (check‑in y check‑out) que exigían dejar el cuarto impecable «sin un pelo ni polvo», y si no entregabas a la hora exacta, debías arreglártelas para dormir donde fuera.
Entre papeleo, mudanzas, limpieza y clases, sentía un peso constante. Aun así, superé todo sin la red de familiares que otros tenían. Mi mamá escuchó que no aguantaría seis meses; terminé quedándome año y medio. Ahora sé que puedo con esos retos, aunque reconozco que la vida adulta —más aún en otro país y sin apoyo cercano— es realmente exigente.
Todo eso me hizo decir: “Esto ya es la vida real”. La vida universitaria, sí, pero también la vida adulta en serio. Y aunque pudo ser peor —porque sé de gente que estuvo incluso en la calle—, fue mucho. A veces pienso: “¡Wow! Fui capaz de todo eso”. Si volviera, ya sé cómo es. Pero este acercamiento a la adultez, viviendo solo en otro país, fue muy fuerte. Sé que muchas personas no aguantarían eso. Yo no tenía familia en Europa.
Por otro lado, también estaba contento con mi independencia. Tener libertad para dormir o levantarme a la hora que quisiera era algo que disfrutaba. Pero con el tiempo sentí que estaba viviendo muchas cosas solo. Viajaba solo, disfrutaba solo, y a veces eso me hacía sentir egoísta. Quería compartirlo con mi familia, o con alguien más, pero no era posible. Extrañé mucho tener compañía. La soledad me afectó bastante, sobre todo en las fechas especiales. Creo que toda persona debería vivir al menos un diciembre lejos de su familia para aprender a valorarlo. Yo pasé dos diciembres en Alemania, y aunque estuve acompañado de amigos mexicanos y colombianos, no fue lo mismo. Esa ausencia se siente mucho más en momentos así.

OCYE: Ahora hablemos sobre la Práctica
CB: Conseguí una práctica, pero fue algo tarde porque no fue fácil. El mercado laboral en Alemania es muy competitivo y dinámico. Lo positivo es que, si no quedabas en una oferta, al día siguiente aparecían muchas nuevas, lo cual era motivador, aunque también abrumador: a veces había más de 100 ofertas disponibles, y no sabías a cuál aplicar ni cuál era la mejor opción para ti.
El proceso implicaba tomar decisiones difíciles: pasar de no tener ninguna oferta a tener muchas y tener que elegir. Además, competir con alemanes que dominaban el idioma era complicado. Aunque muchas ofertas aceptaban inglés, si un alemán aplicaba y hablaba tanto inglés como alemán, claramente tenía ventaja sobre un latino con visa de estudiante. Aun así, sí contrataban extranjeros, pero la competencia era alta. Había estudiantes alemanes, otros internacionales como argentinos, mexicanos y colombianos, todos buscando prácticas. Alemania es un país grande, pero también exigía moverse constantemente, ir personalmente a las empresas y hacer presencia para lograr una oportunidad.
Empecé entonces mi práctica en una empresa filial de Bosch, una compañía muy grande con gran reconocimiento. Esta filial era una empresa pequeña, con menos de 50 empleados, lo cual implicaba que cada persona debía asumir múltiples funciones. Por ejemplo, el encargado de calidad también gestionaba proyectos, hacía auditorías, entre otras tareas. La empresa se dedicaba a la compra y venta de placas electrónicas PCB (Printed Circuit Boards) y chips. Funcionaban como brokers, vendiendo tanto a otras divisiones internas de Bosch como a empresas privadas en Japón, China, Europa y Estados Unidos. Inicialmente, me contrataron para el área de ventas, especialmente para tratar con clientes internacionales en inglés y llevar los registros respectivos. Sin embargo, pronto me asignaron también tareas en logística, en particular en el área de picking, que consistía en organizar paquetes, inspeccionar pallets y cajas grandes, clasificarlas y prepararlas para su envío. Como era el practicante, me tocó asumir esas responsabilidades adicionales sin problema.
Arranqué metido en logística: me enseñaron a inspeccionar las placas, chequear referencias, tomar fotos, armar reportes y despachar todo por DHL. Tocaba hablar con choferes rumanos, húngaros o quién sabe de dónde, cada uno en su idioma, así que había que hacerse entender como fuera. Entre almacén y SAP llevaba el control de miles de referencias, avisando al equipo qué llegaba y qué no; pura vida real, con estrés del bueno, de ese que no te enseñan en la U. Como allá todos hacemos de todo, terminé dictando un taller de logística para la empresa y hasta me dejaron, yo solito, un análisis económico para montar un laboratorio antiestático que tuve que presentar al CEO. Eso fue el reto grande de mis primeros seis meses. Después logré que me renovaran como practicante a medio tiempo: mismo trabajo, menos horas y sueldo, pero sin despedida ni nueva inducción; al otro día seguí como si nada y al final sumé diez meses. Lo chévere era el ambiente: alemanes, turcos, indios, chinos, macedonios… y yo hablaba con todo el mundo. Les gustaba que trajera mi energía latina, que compartiera cosas de mi cultura, y yo feliz aprendiendo de la de ellos. Prefería ir siempre a la oficina —me concentraba mejor— y eso también lo valoraron. Cuando me fui hubo crisis y no pudieron contratar a otro, así que dejé un hueco; aun así me despidieron con un regalo bien bonito.
Claro que metí la pata: me señalaron que era flojo gestionando el tiempo, por ejemplo, pero allá son directos, te lo dicen sin adornos. Lo tomé con calma, corregí y eso les sorprendió: que un latino aceptara la crítica sin drama. Al final me dijeron que lo que más apreciaban era mi capacidad de adaptarme y la buena vibra que dejaba en el equipo. En serio, fue una experiencia dura pero preciosa.
OCYE: ¿Consideras que la formación de Reutlingen te ayudó para esta parte en la práctica?
CB: En tema de contenidos y de trabajos sí, mucho, incluso vi cosas que no había visto, por ejemplo las cosas de excelencia operacional, del valor, propuesta de valor, hacer esos mapas de donde los procesos están perdiendo tiempo, eso aún no lo había alcanzado a ver por ejemplo con el profesor Rubiano, pero sí me ayudó. Me pusieron a hacer cosas como el Value Stream Mapping y el Business Model Canvas. Me acordaba que el profesor Rubiano lo había mencionado alguna vez, aunque ese curso en serio lo veré cuando vuelva a Colombia. Igual, todo lo que aprendí allá me sirvió un montón. Por ejemplo, el manejo de Excel y otras herramientas, que aunque nadie me decía exactamente qué hacer, me dejaban desenvolverme. Entonces yo aplicaba lo que sabía, y se sorprendían de cómo llevaba registros detallados en Excel, o cómo ya manejaba conceptos sin que tuvieran que enseñarlos desde cero. Claro, me corregían cosas, pero uno con apenas seis meses en la empresa es lo que se espera.
Me tocaba hacer tareas bien específicas, propias de la empresa, y ahí fue cuando entendí que todo lo que aprendí en Univalle sí me dio bases fuertes para defenderme. Tal vez también influye mi personalidad, siento que Univalle sí forma bien para enfrentarse incluso a un mercado laboral como el alemán. Y te cuento algo que me marcó mucho: apliqué a una empresa óptica alemana, y cuando me hicieron la entrevista me dijeron: “Te estamos entrevistando porque aquí hay alguien de Univalle, de Ingeniería Industrial.” Yo quedé como: ¡wow! Nunca me lo habían dicho, y fue un honor saber eso.
OCYE: si pudieras hoy, por ejemplo, pararte enfrente de los estudiantes de primer semestre de la Universidad del Valle de Ingeniería Industrial, ¿qué les dirías? basándote en tu experiencia, ¿qué les dirías?
CB: Bueno, son muchas cosas, pero lo primero es que uno debe ser consciente del lugar en el que está. Estar allá no es fácil, así que hay que aprovechar al máximo la universidad. No sólo el contenido de la Escuela de Ingeniería Industrial, que de verdad es muy bueno para el mercado laboral —y lo digo por experiencia—, sino también todo lo demás que la universidad ofrece, como el aprendizaje de idiomas. Eso es súper importante, especialmente el inglés. Hoy en día ya no es un lujo, es una necesidad, casi una obligación si uno quiere trabajar internacionalmente. Si quieren quedarse en Latinoamérica también está bien, pero saber inglés siempre abre puertas. Yo entré con un nivel bajito, lo que uno aprende en el colegio, pero en la universidad logré mejorarlo bastante, tanto que incluso llegué a trabajar usando el idioma. A veces pienso: I should have known, I should have done this in English. También les diría a los estudiantes que aprovechen todo lo que ofrece la universidad. Es un espacio donde se pueden lograr grandes cosas, con muchas posibilidades, no solo laborales, sino también personales. Es un lugar para conocer gente afín, y eso también es clave.
No se trata solo de estudiar y ya. Tampoco es que uno vaya a dejar de estudiar, claro que no, pero sí es importante buscar ese equilibrio, valorar el espacio y sacarle el jugo a todo lo que ofrece. Es un lugar que realmente te prepara para el mundo, no solo para Colombia, sino para cualquier parte. Y sería una lástima no aprovecharlo. Si yo pude, otros también pueden, incluso si no es durante el pregrado. Tal vez no todos pueden irse de intercambio en ese momento, pero sí lo pueden hacer más adelante, en un posgrado o incluso si quieren emigrar y empezar desde cero en otro país. La universidad puede prepararlos para eso desde temprano, y lo digo con total confianza, porque lo viví.
OCYE: ¿De irse a otro lugar? ¿La recomiendas?
CB: Sí, la verdad, totalmente lo recomiendo. Claro que depende de a dónde vayas y de qué tan dispuesto estés a asumir el reto, porque irse a otro continente ya es un salto enorme, literal. Pero por ejemplo, los europeos, como conté antes, estaban obligados a hacer intercambio en otro país, y la mayoría se iba a algún país del programa Erasmus: Finlandia, España, Portugal, Italia… Al final, lo diferente era el idioma y un poco la cultura, pero casi siempre volvían diciendo que la experiencia los cambió. Incluso los alemanes, que suelen ser más fríos, valoraban muchísimo lo que aprendían de otras personas, decían que les abría los ojos. Entonces, si ellos que son más reservados lograban eso, ¿cómo no lo va a lograr alguien de Colombia o de nuestra universidad? De verdad, salir, ver el mundo, quitarse esa venda de que solo en Colombia todo es chévere —que a veces sí, a veces no—, es algo que vale mucho la pena. Uno ve cómo se vive en otros lugares, aprende de otras culturas, de lo bueno y también de lo que no está tan bien, pero todo eso te forma. Es abrir la mente, explorar, vivir, ganar experiencia, y ampliar la visión del mundo. Eso, en últimas, es lo más valioso.
OCYE: Y ya para terminar, ¿Qué sigue en la vida de Camilo Antonio Barato?
CB: Buena pregunta. Sinceramente, ahora mismo, aunque ya tengo algo claro — terminar el pregrado—, el futuro sigue siendo bastante incierto. Personalmente, esas preguntas tipo “¿cómo te ves en cinco años?” me han generado cierto choque, porque, siendo honesto, no lo sé. En mi vida han pasado muchas cosas inesperadas, y siento que cualquier cosa puede suceder. Sin embargo, algo que esta experiencia me enseñó es que sí se puede planear a largo plazo. Desde que empecé la carrera dije: “quiero irme de intercambio, voy a hacerlo”, y lo logré. Sin tener mucha idea de cómo, fui, viví todo eso, y volví. Eso me dejó una enseñanza muy grande: que sí soy capaz de cumplir metas que me propongo con tiempo.
Además, la verdad, sí me gustaría vivir unos años más en el extranjero. Como me han dicho varias veces: Colombia no se va a mover de allá. Entonces ese miedo que alguna vez tuve, como de “me estoy perdiendo Colombia”, o “me estoy perdiendo a mi familia”, claro que pesa, especialmente lo de la familia, pero también entiendo que es parte del proceso. Por eso, quiero seguir explorando, disfrutando, y sí, la verdad, me gustó mucho la vida afuera. Me encantaría vivir más tiempo por allá. Y ya lo que venga después… pues se irá viendo sobre la marcha.
OCYE: Muchas gracias por aceptar la invitación a este espacio Camilo, te deseamos muchos éxitos en tus proyectos.
CB: Gracias a ustedes por invitarme.
#UnivalleEsParaSiempre
